Satisfacción del cliente (corporativo)

No nos soportan. Nos bosquejan caras de culo cuando nos ven a los tres tomar mates y sonreírnos en silencio. Nos putean entre sus labios. Se hacen los sutiles y se les nota. Son poco inteligentes. Ellos se guían por las estructuras de los lunes. Los domingos por la noche en sus agendas titulan DIA DE PROBLEMA en la casilla de los lunes y lo resaltan con fibrón amarillo.

 

Sabrina está enferma y Martín miró siempre a su PC. Eloísa jugó a ser jefa y Amanda, Amanda ni idea. Clarita estuvo muda todo el día.

 

[…]

 

Ivonne me repudió la demora en una orden, nunca me miró a los ojos mientras me reprochaba y sus cejas siempre estuvieron estiradas. Mi respuesta fue prudente, pero sé que entendió todo al pie de cada letra: “me chupan un huevo tus planteos, si te interesa ser perfecta hacelo con Berta o con Mirta, ellas te darán bola”. Ivonne es una de las que en las reuniones usan la palabra “calidad” o “auditoria”. Para ella la “satisfacción del cliente” es primordial y siempre se describe como “proactiva”. Para emplear cualquiera de aquellos términos se debe dar sólo una situación: Eloísa tiene que escucharlo.

 

[…]

 

Nadie lo sabe aún. Es todavía un secreto. Se lo comenté con discreción a Karo y Jacinto. Pero mi deseo más grande se está concretando. Ni estoy embarazada ni tampoco me caso. Pero igual lo quiero susurrurar en voz baja, entre nosotros, en secreto. Lo quiero decir en ronda, en confidencia. Lo digo y no lo digo al mismo tiempo: voy por la entrevista número 5, si el proceso se continúa invicto me integro a una empresa a hacer de las mías y ganar más plata. Cruzo los dedos.

 

[…]

 

Sin querer quedaron al descubierto. De cara. Me enteré porque la mentira tiene patas cortas y porque omitir es de cobardes. La preferencia de Eloísa sobre Ivonne rompe barreras y supera imposibles. Desequilibran cualquier injusticia. Esa amistad conveniente nos da asco. Jacinto me dice que no les do bola, Fiona está en otra (lo bien que hacen). Pero a mí me jode. En mi escuela, en mi mesa familiar me enseñaron otra cosa. Eloísa eligió a Ivonne y le otorgó un nuevo cliente corporativo, le inventó responsabilidades y se juraron silencio en la forma n que se hizo designación. El dedo de Eloísa me da asco, y la política interna de crecimiento de la empresa más. El miércoles tenemos reunión por otro tema; no estaría mal tirar la bomba. Las cejas estiradas de Ivonne y el rojo de los cachetes de Eloísa conformarían una fusión piola.

 

[…]

 

A las 11:57 Mirta tuvo la asquerosa idea de desenvolver un beldent. Ví todo el movimiento: desempaquetó el metal, lo apretó con dos de sus dedos y lo revolcó en el tacho en donde acumula su mierda. Desde aquel preciso segundo, ese rectangulo de menta fue devorado con furia por unos dientes post ortodoncia. Cuando mastica chicle, Mirta procura que todos (pero todos) seamos oyente de aquella tritura. La forma en como asesina esa goma con sus dientes me despierta los instintos más furiosos que conmueve a cualquier asesino serial. 

Happy Friday! | Ivonne, Martín y Berta

Los viernes son días relajados. Nos vestimos con jeans, las chicas lucen escotes, algunos jefes compran facturas y las comidas son más ricas. El volumen del trabajo no nos conmueve tanto como planificar actividades para el fin de semana.

 

 

Ivonne

 

Morocha de carácter. La exótica. Es licenciada en algo y empecina en dibujar a su desempeño laboral como el de una oficinista perfecta. Tiene menos de treinta, es soltera, y según dice ella, no tiene amantes. Su fama en la empresa no es la de una pequeña pulcra y pura, contrariamente se le adjudican romances que ella se encarga de descartar.

 

Entre los tres aseveramos su bipolaridad. Es capaz de saludarte a las ocho de la mañana con su más asquerosa cara de culo; y a las nueve de la misma mañana de comprar galletas para toda la oficina y preparar café en tasas nuevas.

 

Es con quien hay que tener cuidado. No es boluda. Juega a ser astuta, se lleva bien con todos los jefes y en más de una oportunidad se la vió en la oficina de la directora.

 

                                        

Martín

 

El padre de familia. Introvertido, responsable. Siempre viste camisa y usa un perfume horrible. En su escritorio no tiene fotos y jamás llegó tarde. Es ingeniero. De sus hijos mucho no habla, son dos; un nene y una nena. No es feo, pero sus camisas manteles le restan puntaje. Creemos que no sabe el significado del término “rumor” ni tampoco entiende de “comentarios de pasillos”. Puede estar 9 horas seguidas sin hablar, compenetrado en su monitor y en una aplicación color negro con códigos verdes flúors.

 

Recién superó los treinta. Vive en pareja.

 

 

 

Berta

 

Intolerable. Es la que siempre tiene algún tipo de inconveniente, algo siempre funciona mal en sus registros, sus boletas por lo general están expiradas, su PC se contamina con virus. Gritona. Es la que a la solución le encuentra problemas. Es a quien hay que evitar en el subte de regreso. La que a toda hora, a cada segundo habla de trabajo (de los problemas de sus trabajos).

 

Vive con su novio que merece ser santo. Tiene más de treinta pirulos y es amiga de Eloísa y de Mirta, obvio.

 

 

Este lunes 03 de Noviembre se inicia el recorrido de nuestro egreso. Contamos los días para despedir a los oficinistas que, ya vieron, son deplorables.

La pálida y la chica bien | Clarita y Sabrina

Hay días en donde todo se duplica. La cantidad de trabajo es doble y las horas parecen contar 120 minutos.


Entre los tres pensamos que Clarita nada de eso nota. Para ella todo es llano.

 

 

Clarita

 

Pálida. Es la que está en pareja desde siempre y la que vive con él. Es la que mira Bailando por un Sueño todas las noches, lee las “revistas del corazón” y se emociona cuando Florencia de la V llora.

 

Escucha Arjona y es exhaustivamente prolija. En su escritorio todo responde a un orden que te empalaga, ella no lo reconoce pero sospechamos que llega treinta minutos antes del horario de entrada para empapar de Blem la madera que sostiene sus peluches horribles.

 

Puede estar nueve horas consecutivas mirando al monitor, sin pestañear y sin soplar. Es muda y se enmudece en sí: su pelo es mudo, su ropa es muda, su perfume es mudo, sus palabras son mudas.

 

 

Sabrina

 

Es la chica bien. Es la que conoce a los DJs de moda y la que se gasta el sueldo en ropa porque sus viejos la bancan. En linda y extrovertidamente correcta. Al invierno lo ve transcurrir acostada en una cama solar, y al verano desde su pileta.

 

Estudia RRPP y es de las que nunca tuvo una pareja estable. En la empresa admiradores le sobran, y se rumorea por debajo de las mesas que llegó a tener intimidad con Tomás, un supervisor del área de Customer Service; el más lindo, claro. A ese hecho lo repudian todas, nosotros lo gozamos y siempre lo traemos a colación.

Una pizca de soberbia | Eloísa

En los noticieros y en los diarios de hoy hablan de Maradona. En las radios también comentan sobre Cristina K. Es cierto, en nuestro país los líderes connotan una pizca de soberbia. Eloísa no escapa a aquella generalización.

 

 

Eloísa, la jefa

 

Nuestra jefa pretende ser prudente pero resulta siendo una tía que abraza con sonrisa falsa. Fría y calculadora. Arrogante, gritona e impresentable.

 

Es inteligente y astuta al mismo tiempo. Hace chistes fáciles y jamás le pone onda a sus atuendos. Fanática de Phill Collins y devota de Carlos Menem.

La inclemencia corporativa | Mirta

El martes se comentó sordo. Los rumores se hicieron himno durante la mañana.

 

Desvincularon a una mina de un área paralela a la nuestra. Sin causa. Sus jefes la espiaron hasta el segundo final, caminó sus últimas zancadillas con cara aplomada, acalorada. Lo notamos.

 

Entre los tres tuvimos frío y puteamos las injusticias. El egreso se hace tangible, pensamos.

 

Todos atestiguamos la inclemencia corporativa. Había silencio de terapia intensiva. Todos, menos Mirta.

 

 

 

Mirta


Es la solterona. Lo subraya todo el tiempo. Se queja de la soledad cuando dice que odia los domingos. Alimenta a diario su histericismo, su nerviosismo absurdo. No supera los 30 pirulos.

 

Tiene un gato que lo siente pareja. Vive sola en Palermo. Come verduras y milanesas que compra a la vuelta de su edificio.


Su color es el marrón caca. Tiene mal gusto. Es aburrida y estructurada. En su mente diseña una agenda que le impone horarios a los que ella se encarga de cumplir sin retrasos.

 

Cuando habla frunce la frente. Ama su trabajo. De pendeja se disfrazaba de oficinista. Le robaba la maquina de escribir a su tía y jugaba a ser estúpida en el escritorio. Hoy festeja aquella concreción. Llega temprano, saborea los problemas, llora cuando no encuentra papeles. Adora la oficina, brinda por la cultura de la empresa, aplaude las decisiones de sus jefes. Su cabello se reúne en su nuca gracias a una lapicera. Siempre está ocupada. Siempre. Siempre tipea. Siempre habla por teléfono. Siempre.

 

Se junta a comer con proveedores y le va para la mierda en el amor.

Una jefa y diez súbditos | Amanda

Empezar un lunes con la narración de cualquier crónica es lo más cercano a ser católicamente correctos. No sabemos si somos católicos. Correctos, sí.

 

La oficina hoy es convencional. Tiene olor a café y casi ni entra el sol.

 

Existe una teoría corporativamente legitimada que explicita que en todo lunes lo único que se escuchará será el toqueteo del teclado. Nos sacudirá los tímpanos, relata el teorema. Continúa; los escritorios deben de estar llenos de formularios y repletos de órdenes amontonadas. El almuerzo será la sobra de una ensalada triste y trozos de carne recalentados. Se acumularán una docena de e-mails que no te interesan leer.

 

Hoy, siendo las 17 horas, con ojeras y ganas de irnos a la mierda lo confirmamos lastimosamente: la teoría se dejó ser al pie de su letra.

 

Nuestra área se compone de once oficinistas. Somos como cuerpos estupidizados que de lunes a viernes deambulan y se deslizan por una alfombra improlija. Nos llevamos para la mierda, somos como perros y gatos. Se caretea la rutina. Dibujamos sonrisas falsas cuando inesquivamente nos cruzamos.

 

Una jefa: Eloísa.

Diez súbditos: Amanda, Mirta, Clarita, Ivonne, Sabrina, Berta, Martín y nosotros tres.

 

Con el resto somos incompatibles en todo. Cuando ellos tienen hambre, nosotros sed. Cuando están cagando, nosotros comiendo. A ellos les gusta el blanco o el negro, nosotros aceptamos grises.

 

Con todos discrepamos, pero es cierto que hay días en los que Amanda les roba kilómetros al resto.

 

 

 

Amanda

 

Es la boludona. También la divorciada, la ingenua y la presumida. Tiene hijos pendejos y más de treinta pirulos. 

 

Es llamativamente exagerada con sus vestimentas. Como nadie. Ni siquiera la presidenta de la empresa se pone esas polleras entabladas, ni ese pañuelo que la ahoga ni tampoco se moldea rulos o un flaquillo invasivo. Ni la azafata recién contratada por una aerolínea francesa se pretende tan coquetona. Ni siquiera la hija menor de la modista.

 

Creemos que cuando nació firmó tres cláusulas:

 

Uno, si te ponés aros azules, hasta la costura de la bombacha deberá tener igual tonalidad. No descuides los detalles. Quiero verte caminando a lo lejos como una mancha de un solo color mal condimentado. Como la pantera rosa. Aunque empalagues a tus compañeros.

Dos, serás la tonta en todo grupo en el que sociabilices. Pero ganáte ese papel; preguntá las pelotudeces más absurdas, interrumpí las conversaciones, en la reuniones acotá ingenuidades. Cuando hables poné voz semi muda que a la otra persona la escuche como gritos susurrados e intolerables. Aturdílos con esa voz sin gusto.

Tres, dejá siempre sentado que para vos la imagen es primordial. Que preferís que te regalen cosméticos antes que un libro. Ponéte perfume diez veces al día. Caminá recta, aunque te cueste. Nunca, pero nunca, vayas con zapatos chatos; te quiero siempre con tacos. Pero que no sea el mismo ¿eh? Si vas a comer asado al campo o a pasar el día al mar NO importa.

 

Es hartantemente victimizante. Ella cocina a las 4 de la mañana. Según su relato, para llegar al trabajo toma un micro y hace dos combinaciones de subte, y siempre (pero siempre) se topa con manifestaciones, paros, chóferes caracúlicos.  Se levanta a las cinco. Su tarjeta nunca tiene crédito y al cable se lo cortan cada dos por tres.

Ni ciencia, ni ficción

No hay mucha ciencia para ésto. Tampoco ficción. Es sencillo: odiamos nuestro trabajo diario. Se nos hizo monótono. Aburrido. Estúpido. Idiotizante. Estamos asqueados de su rutina. Nos cae mal un porcentaje interesante de los oficinistas que deambulan a nuestro alrededor. Mandamos emails en inglés, los respondemos y cargamos datos en un sistema burocráticamente absurdo.

 

El escenario. Una oficina con mucho olor a alfombra. Repleta de computadoras y ahogada de caretaje. Tiene varios sillones con rueditas y unas paredes bordó. Nos vendieron el laburo como cualquier multinacional se vende en nuestro país; el lugar ideal para desarrollar tu carrera profesional, una empresa de “puertas abiertas” que te brinda oportunidades de crecimiento hasta cuando cagás en sus baños inmundos. Y bla bla bla.

 

Los personajes. Una docena de delirantes de saco y corbata. Con trajecitos y zapatos en punta. Con olor a pintura berreta y a perfumes también berretas. Alimentan un chusmerío que comentamos entre labios, vía mensajero interno, en la clandestinidad de los pasillos. Los personajes son varios. Innumerables. Innombrables. Los vamos a llenar de sobrenombres. Apostamos (por nuestras frazadas de invierno) que va a ser divertido contarlos.

 

El objetivo. Irnos. Huir. El Egreso. Cerrar la puerta. Ver la liquidación final. Despedir falsamente a cada uno de los jefes. Lucirnos en la entrevista de egreso. Salir caminando. Escribir en el “out of office” del Outlook que estamos ¡no longer working for this company!

 

Quienes somos. Tres argentinos:

Fiona. Soy una loca linda. Vivo en pareja y me quiero ir porque sí. Estoy enamorada y para llegar a la oficina viajo una hora reloj. A los mates los cargo con edulcorante y hierba cachamai. Sé que a los chicos les gustan.

Jacinto. Soy un loco lindo. Vivo solo. Me quiero ir porque quiero tener ganas. De mi sexualidad no hablo, bueno sí. De vez en cuando extraño cosas del pasado. Y es verdad; los mates de Fiona están buenos.

Karola. Soy una loca linda. Vivo con mis viejos. Me quiero ir de mi casa y de esta empresa. Porque sí. Almuerzo verduras porque hay unos kilos que quiero también se vayan. Hace un tiempo que nadie me toca, eso también me hace falta. Jacinto me presentó un par de blogs y a diario nos colgamos con varios.

 

A partir de ahora se van a continuar los detalles de una despedida que desde hoy informamos y firmamos en esta bitácora. Es un egreso anunciado. Nos van a entender. Van a ver mientras lean. Van a querer estar para notar lo cierto, para creer lo increíble. 

 

 

 

Sabrina

Es la chica bien. Es la que conoce a los DJs de moda y la que se gasta el sueldo en ropa porque sus viejos la bancan. En linda y extrovertidamente correcta. Al invierno lo ve transcurrir acostada en una cama solar, y al verano desde su pileta.

 

Estudia RRPP y es de las que nunca tuvo una pareja estable. En la empresa admiradores le sobran, y se rumorea por debajo de las mesas que llegó a tener intimidad con Tomás, un supervisor del área de Customer Service; el más lindo, claro. A ese hecho lo repudian todas, nosotros lo gozamos y siempre lo traemos a colación.

 

Tiene menos de treinta y a los chapines los combina con zapatos de colores.

Ivonne

Morocha de carácter. La exótica. Es licenciada en algo y empecina en dibujar a su desempeño laboral como el de una oficinista perfecta. Tiene menos de treinta, es soltera, y según dice ella, no tiene amantes. Su fama en la empresa no es la de una pequeña pulcra y puro, contrariamente se le adjudican romances que ella se encarga de descartar.

 

Entre los tres aseveramos su bipolaridad. Es capaz de saludarte a las ocho de la mañana con su más asquerosa cara de culo; y a las nueve de la misma mañana de comprar galletas para toda la oficina y preparar café en tasas nuevas.

 

Es con quien hay que tener cuidado. No es boluda. Juega a ser astuta, se lleva bien con todos los jefes y en más de una oportunidad se la vió en la oficina de la directora.

Eloísa, la jefa

Nuestra jefa pretende ser prudente pero resulta siendo una tía que abraza con sonrisa falsa. Fría y calculadora. Arrogante, gritona e impresentable.

 

Es inteligente y astuta al mismo tiempo. Hace chistes fáciles y jamás le pone onda a sus atuendos. Pretende ser amiga de cada uno de nosotros, pero no todos nos chupamos el dedo meñique.

 

Tiene más de treinta. Fanática de Phill Collins y devota de Carlos Menem.

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